• La Colectiva Perú

CREAR Y GESTAR EN COLECTIVA

Por Silvia Ágreda Carbonell


Foto: A. Alcocer

Es el medio día de una jornada lenta. Y mientras termino de darle forma a este texto, moviendo mis manos sobre un teclado; también está por culminar un proceso de creación en el interior de mi cuerpo. Me gusta pensar que ambas son labores viscerales en igual medida. Crear un texto implica poner ideas, tripas y sensaciones en movimiento, incluso más allá de lo que inicialmente deseamos comunicar; y gestar un ser humano es la construcción de los tejidos y fluidos de una nueva persona, sin ser plenamente conscientes de ello.


No quiero insinuar que crear varias cosas a la vez –lo que se conoce como ser multitasking– sea una tarea sencilla, ni mucho menos, orgánica. De hecho, a partir de diferentes experiencias laborales y domésticas pasadas, tengo la sensación de que la expectativa por realizar (y culminar con éxito) muchas tareas es la forma más efectiva de no hacer nada y cocinar una culpa punzante por ser, finalmente, ineficaces.

¿Cuántas tareas realizamos en simultáneo? ¿Cuántas tareas podemos llevar a cabo en simultáneo? ¿Trabajar más de 8 horas, mantener el hogar, cuidar los vínculos, ser saludables, administrar recursos, gestionar nuestras emociones? Para muches, la pandemia ha implicado una dura escuela de priorización de tareas, ya que nos dimos cuenta que no podíamos con todo. Buscamos establecer divisiones forzadas entre las labores, durante jornadas interminables que se sucedían una y otra vez dentro de las mismas habitaciones. Lamentablemente, intentar esa división implicó abrazar incontables batallas perdidas, y al final del día las videollamadas co-existían con las dosis de medicinas, la preparación de alimentos, el acompañamiento a familiares enfermos, la redacción de documentos, el activismo político, entre muchos otros.


Máquinas comprometidas con el más entorpecedor y frustrante multitasking.


Con el embarazo, el entramado de responsabilidades se vuelve un poco más denso (¿o quizá ligero?) ya que, en mi caso, los primeros meses de gestación fueron abrumadores. Resolver problemas cotidianos excedía plenamente mis capacidades físicas y mentales. Eso, obviamente, no le sucede a todas las cuerpas gestantes, hay organismos más resistentes y otros más sensibles, hay sistemas que soportan mejor que otros; pero el proceso que siguió mi cuerpa me empujó a detenerme. Y esa necesidad tenía mucho sentido.

Este engranaje de líquidos y carne siempre dispuesto a resolver todas mis demandas –perderme, pensar, amar, caminar grandes distancias, comer copiosamente, sentir el calor abrasante o el frío punzante–, estaba ahora a cargo de una tarea desconocida.

De pronto, tuvo que distribuir un nuevo flujo de hormonas, organizar el hambre desde la saciedad y el asco, esculpir globos oculares y sistemas nerviosos. Labores arduas que nunca antes realizó. El reto entonces fue aceptar que la prioridad era una sola tarea, y que nada tenía que ver con la dimensión laboral o intelectual de mi vida. Dejar de hacer todo para dedicarme a alimentar una célula. Una producción distinta, casi invisible y bastante más pasiva.


Pero, ¿es posible dejar las tareas que debemos o queremos realizar en el día a día? He descubierto que hay varias maneras de responder a esa pregunta, pero aquí voy a abordar dos: la institucional y la comunitaria.


Por un lado, y debido a que el grueso de mi trabajo corresponde al sector cultura –furiosamente inestable y precario– el inicio del embarazo coincidió con un periodo de pausa laboral (1). Si bien les especialistas señalan la importancia del reposo de la madre antes de parir y del no dejarse consumir por el estrés, pues la realidad es más compleja que optar por uno u otro a placer. La elección entre la agonía y estabilidad que nos produce el trabajo, y la tranquilidad e inseguridad del descanso es, al final del día, una que nos es ajena. Si tenemos la suerte de contar con un empleo, será difícil reducir el ritmo y la presión del mismo: incontables madres llegan a parir directamente desde sus centros de labores sin disponer de un momento para reconocerse en un nuevo cuerpo y acercarse, plenas, a umbrales retadores. Y, si contamos con tiempo de reposo para habitarnos conscientemente, este viene con la fulminante tortura mental de preguntarnos cómo obtener ingresos para subsistir con una wawa.


A mi me tocó aceptar que, para bien y para mal, estaba ante un momento de reposo forzado y que lo mejor sería recibir esa pausa como un tiempo vital para explorar esta piel compartida, siendo consumida ferozmente por la preocupación de un futuro incierto.

Por otro lado, este periodo nos ha dado la oportunidad de caer (2) en cuenta que la comunidad es mucho más que un buen deseo o la idea políticamente correcta de moda. Lo sentimos inicialmente debido al COVID, que nos mostró la urgencia de cuidarnos en colectivo porque, si bien aislados, mantenernos en pie requería del fortalecimiento radical de nuestros vínculos. No obstante, después de dos años de pandemia, ha sido un embarazo el que nos ha confirmado –a nosotres, personas escépticas y algo cínicas– que crear y sostener una vida no es solo el resultado del encuentro entre un óvulo y un esperma sino, además, del cuidado desde las visceras y afecto de un grupo de personas dispuestas a entregarse para brindar bienestar. El tipo de bienestar que el sistema laboral anula casi por completo: ahí donde surgían organismos y espíritus desprotegidos, temerosos o hambrientos, habían otros cuerpos listos para abrazar, calmar y alimentar.


Funciona así con todas las creaciones. Este texto se construye desde la articulación de ideas de autoras, investigadoras y cuidadoras que he tenido la oportunidad de leer y escuchar: el resultado de la generosidad para compartir ideas y permitir que se enreden con las mías, que se construya algo desde los aportes al aire de todes; de igual manera, la creación de un intestino, o un sistema circulatorio es la deriva natural de muchos y muchas dispuestos a dar soporte para que un nuevo humano pueda ser y estar con libertad y amor.


Gestar una vida –dentro o fuera del útero, en la infancia o la adultez– es siempre una creación colectiva.


Entonces puedo decir que han terminado estos dos procesos creativos que se han cocinado desde mis tripas. Tengo un texto para entregar y una wawa lista para dejar de habitarme. Ninguno de los dos podría materializarse fuera de una comunidad de sostén e impulso; y se realiza a pesar de la ausencia de una red de soporte institucional.


Silvia Ágreda Carbonell es investigadora y docente en temas de industrias culturales, políticas culturales y desarrollo de públicos. Mi exploración personal está enfocada en el uso del tiempo libre y su relación con la cultura, el género, el cuerpo y su movimiento.

















Foto: A. Alcocer
 
NOTAS
(1) Esto puede sonar como un escenario ideal para el descanso pero lo cierto es que, al no percibir derechos laborales por parte de ninguna institución –mis contratos son temporales– tampoco tengo derecho a descanso por maternidad con un sueldo seguro. Mi descanso siempre ha sido a costa de mi ingreso económico y (todas) las consecuencias que eso genera.

(2) Uso “caer” porque creo que es preciso. No hemos descubierto o encontrado algo como quien se topa en la calle con algo nuevo. Nos lanzamos a un abismo y ahí tuvimos la suerte de reconocernos entre muchas manos.
 
REFERENCIAS (COMENTADAS)

► Una aproximación general y bastante completa a los retos de la maternidad en el mundo contemporáneo es la de Esther Vivas y su libro Mamá Desobediente (editada en Perú por Gafas Moradas)

Vivas, E. (2021) Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad. Lima: Gafas Moradas

► Sobre políticas culturales para el tiempo libre, pueden encontrar un artículo interesante escrito por Víctor Vich. Lamentablemente, en su reflexión sobre tiempos de ocio, Vich no contempla la realización de tareas domésticas y labores de cuidado, entonces solo nos queda preguntarnos ¿cómo las políticas culturales pueden también incidir en éste ámbito de la vida?

Vich,V (2021) Políticas culturales y ciudadanía. Estrategias simbólicas para tomar las calles. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

► Este texto es escrito desde una experiencia de división equitativa de tareas domésticas, pero sigue siendo bastante común que mujeres y la comunidad LGTBIQ sean les principales encargades de realizar tareas de cuidado y mantenimiento del hogar. Sobre esto, una nota de La República recoge las impresiones de investigadores de Think Tanks locales, pero también puedes consultar dentro de tu comunidad cómo se percibe esa división de labores.

https://larepublica.pe/domingo/2020/09/13/por-que-la-pandemia-golpea-mas-la-economia-de-las-mujeres/?fbclid=IwAR2qQBhF4OIZwV7ZT0Ee3LuBOwhQ-x-3I4euTtI2ADDAdzUzy_nbjZyppFw


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